A Partition of the Sensible, 2020
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Los objetos con los que habitamos tienen una especie de temperamento, un carácter muy definido por la utilidad para la que el objeto está hecho.
Cuando observo el salón de mi casa y veo las sillas, pienso en su amabilidad y cortesía.
Parecen decir: “Por favor, siéntate”. Igual me pasa con el sofá: “Descansa, ponte cómoda”; con las mantas del sofá: “Tápate y verás lo suave que soy”; con los libros de mi estantería: “Ven, que te cuento una cosa”.
Sin embargo, en cuanto salgo de casa, la amabilidad termina. Los objetos del espacio público tienen un carácter más tosco, más narcisista y prohibitivo.
Los semáforos se han apropiado del color y gritan en silencio. Algunos tienen sonido incorporado para las personas ciegas, pero la mayoría necesitan que les mires todo el tiempo. Si no, no sabrás cuándo cruzar la calle. Si no te gustan la arquitectura de los edificios, no puedes elegir mirar hacia otro lado.
He llegado a ver bancos para sentarse en los que solo cabe una persona para no sentir la tentación de hablar con otra persona. Incluso he visto bancos con vistas a una pared para poder sentarse a reflexionar sobre lo miserable que la vida puede llegar a ser.
Pero lo que más me llama la atención son las vallas de los lugares en construcción. La retícula metálica de las vallas es casi siempre imperfecta. Las vallas han sufrido la violencia del transporte y casi todas llevan alguna marca.
No existe objeto más respetado en el espacio público que una valla.
He visto a gente cruzando en rojo, tirando basura al suelo, haciendo una pintada, marchándose sin recoger la caca de su perro pero nunca he visto a nadie saltar una valla.
Estimado Rancière, una valla podría ser el objeto ideal para empezar a practicar su teoría acerca de desvincular el objeto de la norma.
Una ruptura con lo que hasta entonces se percibía como “el orden natural” para reconfigurar los marcos sensibles de la sociedad, donde se definen los objetos comunes, es lo que Rancière denomina política. Esta ruptura no solo debe romper con el orden de legitimación de la distribución de lo visible y lo invisible, sino con la lógica de este orden.
Una valla materializa algunos órdenes naturales cuya ruptura se viene reclamando desde hace tiempo: la creación de fronteras que niegan la entrada con la excusa de la protección, la opacidad en la información y la definición del lugar donde se produce un momento de cambio y especulación.
Esta instalación basada en La distribución del sensible, también llamada la distribución de lo común por Rancière, propone una experiencia estética necesaria para provocar una ruptura con los órdenes naturales que la valla misma representa. Esto se reivindica mediante la deconstrucción de una valla que, al ser despojada de su función, pasa de ser un objeto a ser un material.